Si no escuchas las cosas pequeñas cuando son pequeños, no te dirán las grandes cuando estén grandes

Muchas veces en el corre y corre que representa la vida diaria, los padres o cuidadores, restamos importancia a lo que nuestros pequeños nos dicen o intentan expresarnos. Debemos entender que cualquier cosa que  a ellos le llame la atención, está siendo realmente importante para ellos, así que no debemos restarle valor, o esperar que no sea trascendente, o impacientarnos ante sus descubrimientos.

Todo para ellos es nuevo, están aprendiendo, están descubriendo el mundo a través de ojos cargados de inocencia, a través de sed de aprendizaje, de sorpresa ante lo básico. De hecho los niños poseen una forma de ver al mundo, que lamentablemente vamos dejando atrás a medida que transcurre el tiempo. Vamos dejando de maravillarnos ante cosas que vemos repetidas veces, aunque sigan siendo maravillosas, vamos apagando esa chispa de curiosidad, dejan de importarnos los porqués y otras cosas, otras rutinas ocupan nuestros pensamientos.

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Mientras que la manera más gratificante de ver la vida es ir descubriéndola con la fascinante curiosidad y sorpresa que lo hace un pequeño, por eso cuando venga a decirnos algo que nos parece poco importante, soltemos ese prejuicio y escuchémoslo con atención, internémonos de ser posible en esa búsqueda, en esa historia cargada de fantasía o en ese descubrimiento de algo que quizás ya conocemos, pero que seguramente podremos ver, si nos lo proponemos, de la manera mágica que pueden los niños transmitirlo.

Si escuchamos sus historias, sus pequeños problemas, si somos participativos y resulta para ellos agradable esa interacción con nosotros, no solo nos estaremos nutriendo de una energía incomparable, sino que esteremos preparando la alfombra por donde caminaremos mañana, les estaremos brindando la sensación de seguridad y confort necesaria para que acudan en cualquier momento de sus vidas a comunicarse con nosotros, bien sea a pedir una opinión, a desahogarse ante algún problema,  a pedir ayuda o sencillamente comentarnos de su atareado día laboral.

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Si entendemos que el lujo es nuestro, que no es un favor que le hacemos a nuestros hijos al prestarles atención, sino que es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, una nueva oportunidad de ver al mundo desde una perspectiva más allegada a la que deberíamos mantener durante toda la vida, quizás se nos haga más sencillo dedicar el tiempo, el entusiasmo y el amor que nos demandan esos pequeños tras cada palabra, tras cada mirada en búsqueda de aprobación, en cada silencio de resignación, o en cada sonrisa cuando sienten esa conexión de nuestra parte.

Nuestros hijos crecen muy rápido, todos lo hacemos más rápido de lo que nos gustaría, no malgastemos las oportunidades de atesorar los momentos más bellos en nuestros corazones.

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