Podemos acostumbrarnos a todo, incluso a cosas que nos incomodan. Podemos llegar a sentir las ausencias normales y entender que alguien ya no está cuando lo necesitamos.

Todo ocurre de manera paulatina, cuando una persona comienza a alejarse, rompiendo con su rutina habitual, comenzamos por extrañar mucho y a echar de menos, pudiendo sentir incluso que esa persona es indispensable para ciertas cosas en nuestras vidas. Si las ausencias se vuelven rutina, nos damos cuenta de que esa persona no es imprescindible y comenzamos a ubicarla donde mayormente está, fuera de nosotros, fuera de nuestro alcance.

Los motivos pueden marcar la diferencia, siendo un poco más entendible si las ausencias corresponden a causas inevitables, que cuando se manifiestan por preferencias o incluso falta de interés de estar cerca.

Sin embargo, más allá de los motivos, está una realidad. Alguien que consideramos cercano en la mayor extensión de la expresión, es está alejando y nosotros de a poco, nos vamos habituando.

Nos damos cuenta de que podemos hacer la mayoría de las cosas que cuando esa persona estaba, que hay otras personas con las que podemos compartir cosas similares o bien que soledad no es para nada mala compañía y es así cuando de pronto nos da igual que esa persona esté o no esté.

Y como ya no ocupa el espacio físico con la frecuencia que antes lo hacía, va también perdiendo espacio en nuestra mente y más allá, va perdiendo espacio en nuestros corazones.

La ausencia hace de las suyas, ya no reclamamos, ya no esperamos, ya no extrañamos… Vivimos sin esa persona y listo…

Las relaciones deben cuidarse

Si alguien realmente nos importa, no podemos pretender ausentarnos de su vida y que nada cambie. Las distancias físicas y emocionales, las ausencias, en no estar para las cosas sencillas o las más complejas le quita calidez a las relaciones, pasamos a ser una persona que ya no hace falta, con quien ya no se planifica o incluso en quien ya no se piensa.

Si no queremos generar olvido, debemos buscar las maneras de estar… Ahora bien si hemos perdido el interés, pues es recomendable que hagamos una revisión de lo que queremos y nuestras intenciones en esos espacios que hemos dejado de frecuentar, procurando ser lo más sinceros posibles, con nosotros y con todas las personas involucradas.

No tiene mucho sentid despertar falsas expectativas y que luego nos recuerden solo como una decepción. Para todo hay que ser empáticos y ofrecer a los demás, lo que a nosotros nos gustaría recibir, incluso si de cierre de ciclos se trata.

No demos las cosas por sentado

A veces pensamos que los demás no merecen una explicación o que nos tomemos el tiempo de explicar o justificar una determinada conducta y damos las cosas por sentado, asumiendo que nos interpretarán o que lo que tenemos que decir está tácito y no necesariamente es así.

Las cosas claras nos ayudan a dar respaldo a lo que hacemos, debe haber coherencia entre nuestras intenciones y nuestras acciones. Si queremos estar, estemos, sin hacernos extrañar. Incluso si debemos estar lejos físicamente podemos encontrar la manera de que nuestra presencia se note más allá de la distancia. Más ahora, que el mundo nos pone a disposición tantas herramientas de comunicación, tantas maneras de decir presente, desde el lugar más alejado.

Y si ya no nos interesa estar, no es justo ir progresivamente alejándonos, como para convencernos de que nuestra decisión es correcta durante un tiempo o para ver si no nos arrepentimos. Aprendamos a cortar los hilos y no estirarlos hasta que no hay manera ya de encontrar la forma en que puedan coincidir…

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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