RINCÓN del TIBET

No mereces mi perdón, pero tampoco envenenarme de odio

merece

No mereces mi perdón, pero menos mereces envenenarme de odio y de rencor

La vida te pondrá frente a situaciones en las cuales puedes resultar herido, donde esas personas especiales para ti, que de alguna manera contaron con tu confianza y tu afecto, terminan defraudándote, terminan llevando a cabo acciones que nos derrumban por completo en un solo momento.

Afortunadamente siempre tendremos la posibilidad de levantarnos, de seguir adelante, de demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de recoger nuestros pedazos y reconstruirnos. Este proceso toma tiempo, al principio las heridas pueden doler tanto que vemos la posibilidad de perdonar tan lejana, tan inmanejable, que sentimos que como si fuese una daga, el mal que nos han propinado estará allí clavado doliendo día a día, sin que podamos hacer mucho al respecto.

Con el tiempo vamos viendo que el dolor se hace más llevadero, que no tenemos deseos de venganza, que no ayuda en nada que esa persona que nos lastimó pase por algo similar y poco a poco los buenos pensamientos y sentimientos al respecto se van convirtiendo en el mejor cicatrizante.

No debemos hacer como que las heridas no están, debemos cuidarlas, pero algo así como si tuviésemos un tesoro dentro de un cofre, sabemos que está allí, solo nosotros tenemos la llave, pero no lo abrimos a cada rato para cerciorarnos. No las tocamos de no ser necesario, no las reabrimos para ver lo que hay adentro. Ellas, con mucha disposición, prudencia, voluntad y especialmente tiempo, irán sanando.

El perdón es la garantía de que la herida no será más nunca abierta. Algunas veces debemos trabajar de manera consciente para entender que no se trata de beneficiar a quien consideramos nos ha hecho daño, sino que estamos procurando nuestro bienestar, estamos actuando en beneficio de nosotros mismos, sin importar si alguien es merecedor o no de nuestro perdón.

Quien nos ha lastimado de alguna u otra manera, vive su vida con normalidad, sin ni siquiera enterarse que uno puede llorar, lamentar o enfurecer con solo cruzarse su nombre por nuestra mente. ¿Merece esa persona tal papel protagónico en nuestras vidas?, ¿merece que le otorguemos el poder de hacernos daño cada vez que se presenta en nuestra mente?, probablemente por unanimidad responderemos que no.

Así, que perdonemos, a todos los que nos han hecho mal, a nosotros mismos de ser necesario, no se trata de justificar o aliviar la carga del otro, se trata de aligerar nuestra carga que es la que en realidad nos interesa. Ya los demás tendrán que hacer su propio trabajo interior si pretenden seguir avanzando, pero en lo que a nosotros respecta, pongamos de nuestra parte para lanzar al aire todo aquello no aporte nada positivo a nuestras vidas.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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