Los ojos no sirven de nada, si la mente no quiere ver

Cosas que pueden estar justo delante de nuestros ojos pueden pasar desapercibidas, sencillamente porque nuestra mente está bloqueando la entrada de cierta información o la interpretación coherente de los acontecimientos.

Nuestra mente tiene ciertos esquemas que nos intentan proteger de lo potencialmente dañino para nosotros y muchas veces ya inconscientemente sabemos que algo está fuera de orden, pero no logramos realmente ver la realidad, porque parte de nuestra mente aun intenta idear un escenario más agradable para nosotros.

Por eso muchas veces nos podemos negar a algo evidente, podemos resistirnos a ver algo que nos hará daño, podemos evadir el tener que enfrentar algo cara a cara. Quizás no nos percatemos de ello, pero en el momento en el cual efectivamente logramos ver lo que antes no podíamos, es cuando nuestra mente se siente preparada para afrontar esa situación.

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Inclusive cuando esta preparación no sea evidente y reaccionemos de las peores maneras posibles, esa parte esencial de nosotros decidió ir adelante a pesar de las consecuencias, de los miedos, de lo que pudiésemos perder o lo que tuviésemos que superar… Y esto es el inicio de un tránsito que quizás pueda ser doloroso, pero que de seguro nos dejará una buena lección.

Abrir los ojos de la mente, requiere decirle adiós a parámetros que quizás representaban confort, seguridad, representaban cercanía a un estado, que quizás no siendo el ideal, era el que preferíamos. Pero todo esto solo tiene que ver con el miedo a lo desconocido, al futuro, la ansiedad ante el cambio y las revoluciones.

Una vez nuestra mente se quita la venda, debemos prepararnos para los cambios, para los ajustes, para las pérdidas, para la verdad, para las luchas, pero sobre todo para los encuentros más importantes que son con nosotros mismos, en donde armonizamos lo que sentimos y lo que pensamos, donde calmamos nuestros miedos, donde nos damos ánimos, donde crecemos…

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Muchas veces ante un despertar frente a algo demasiado evidente, podemos pasar por una fase de recriminación hacia nosotros mismos, en donde nos sentimos culpables por no habernos percatado de aquello que muy probablemente se nos mostró de muchas maneras, antes de efectivamente poder ver. Debemos dejar a tras esas culpas y entender que todo tiene un momento, un proceso, un inicio… y especialmente un fin.

Lo importante es no cerrar los ojos de la mente una vez que están abiertos, porque aunque sea complicado, podemos idear mecanismos para colocar capas sobre aquello que ya está revelado y de esta manera caer nuevamente en la ceguera mental, que nos impedirá tomar las mejores medidas de acuerdo a la situación.

Abre los ojos de tu mente y especialmente abre los ojos de tu corazón, porque desde allí todo se percibe diferente y muchas veces lo que necesitamos es la sabiduría de ese observador por excelencia, que aparte de mirar, siempre nos quiere hablar del camino que nos conviene tomar.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet