Lo que no sabía es que de esas cicatrices crecerían mis alas y aprendería a volar

Siempre había escuchado que cuando entramos en una tormenta, nunca salimos de ella siendo los mismos, que las cosas más terribles tienen la posibilidad de transformarnos de una manera que jamás imaginamos, pero es en el momento en el cual te toca a ti vivirlo, cuando entiendes la profundidad de estos hechos.

Ciertamente no queremos estar sometidos a situaciones que nos lleven a los límites, que nos encaren con nuestros peores miedos, que nos obliguen a sacar de nosotros esa fuerza, esas agallas, ese temple… La mayoría quiere una vida normal, con cosas sencillas en el camino, donde las complicaciones no se excedan de encontrar la felicidad, cumplir sus sueños, alcanzar metas, no que tengamos que debatirnos entre la vida y la muerte, no que perdamos lo que más amamos, no que estemos obligados a dejarlo todo…

Cada herida que tenemos es el resultado de una batalla, algunas de esas heridas se dejan ver a simple vista, otras las tratamos de ocultar, más cuando no logramos que se cierren, cuando de vez en cuando vuelven a sangrar… Las heridas más profundas siempre son determinantes, siempre nos cambian, algunas veces nos convierten en personas resentidas, personas distantes, personas desconfiadas, personas que no logran recuperar su sonrisa.

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Pero no siempre el resultado es gris, muchas veces de las peores batallas, de donde más dolió surgen de nosotros las alas que nos permiten sobrevolar por encima de cualquier problema. Esas alas son las que nos permiten llegar a donde queremos por la vía más sencilla, con el paisaje más hermoso y cuando por fin las tenemos es cuando podemos entender que todo, absolutamente todo valió la pena.

Todo aquello que nos hace mejores, que nos hace más fuertes, que nos da una visión diferente de la vida y nos subraya lo realmente importante, vale la pena vivirlo. Ya no veo la vida como antes, tengo una visión diferente, una capacidad de reacción distinta, ya participo solo en los juegos que yo decido jugar y los demás solo los observo desde las alturas a las que solo puedo llegar con esas alas que ahora forman parte de mí… Nunca pensé que lo que más rechacé, que a lo que más me resistí, que lo que más me dolió, fuese justamente lo que me transformaría en la mejor versión de mí.

Hoy sé que solo nosotros podemos decidir en qué nos convierten nuestras heridas.

 

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet