Y a veces toca fingir desinterés ante esa persona que amamos

Puede resultar todo un reto el mostrarnos indiferentes ante esa persona que de alguna manera ocupa un lugar en nuestro corazón. Sin embargo, en algunas oportunidades adoptar una actitud que refleje desinterés, será lo más conveniente para nosotros.

Es cierto que en la mayoría de los casos hemos hablado de la importancia de expresar nuestros sentimientos y de validarlos, sin embargo, esta expresión no necesariamente tiene que ser hacia la persona que los despierta. El expresar lo que sentimos es de vital importancia cuando nosotros mismos nos damos el espacio necesario para reconocer qué sentimos, para aceptarlo, para evaluar cómo es posible canalizar esos sentimientos.

Sin duda, exponer nuestros sentimientos ante quien se apropia de ellos, es una muestra de valentía, inclusive cuando asumamos que la respuesta no será recíproca. Quienes optan por abrir su corazón y dar a conocer lo que sienten, normalmente saben hacia dónde estará dirigida la respuesta, sin embargo, lo toman como una necesidad de desahogarse y no quedarse con la sensación de incertidumbre que conlleva a pensar: ¿qué hubiese pasado si…?

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Evidentemente hay muchos casos donde las declaraciones de amor, surgen un efecto positivo desde el punto de vista de quien las manifiesta, siendo ése el punto de inflexión en la relación. Sin embargo, son muy válidos los motivos que nos pueden hacer reservarnos aquello que sentimos, inclusive llegando al extremo de fingir que no nos importa, que no sentimos, que no amamos, que no queremos… Y desde allí la mayoría de las veces lo que hacemos es intentar protegernos.

¿Qué podemos estar protegiendo, mientras adoptamos una posición de desinterés ante la persona que amamos? Normalmente es nuestra dignidad… y en otros casos es nuestro ego, ante la primera opción podemos justificar con mejores argumentos nuestra actitud, mientras que cuando es nuestro ego el que deseamos proteger, estamos actuando desde el miedo, desde el egoísmo, desde el engaño… Engaño en el que pretendemos envolver a quien sentimos amar, pero que muchas veces nos termina envolviendo a nosotros mismos, haciéndonos dudar de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que merecemos.

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Procuremos siempre actuar desde la actitud que sume cosas positivas, no solo a nosotros, sino a las personas que se cruzan por nuestras vidas… Es cierto que no podemos manejar los sentimientos de los demás, pero sí podemos canalizar los nuestros.

Algunas veces nuestro corazón intentará gritar un te amo, mientras que el raciocinio nos invitará a mantener la calma, a esperar, a apartarnos y en los casos en los cuales el corazón y la mente parecen estar divorciados, lo más recomendable resulta cerrar nuestros ojos y escuchar nuestra intuición, esa vocecita que normalmente callamos, pero que siempre, siempre intenta guiarnos por el mejor camino.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet