RINCÓN del TIBET

Perdonar no es olvidar el daño, sino evitar que te controle

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Perdonar no significa olvidar el daño, sino evitar que nos siga controlando

Cuando algo o alguien nos ha hecho daño en algún momento de nuestras vidas, resulta lógico que nos genere emociones negativas el recordarlo, inclusive habrá experiencias que sin pretenderlo nos visitarán con frecuencia, haciéndonos sentir el dolor de algo vivido una y otra vez. Pareciese algunas veces que el dolor del daño no cesa, sino que por el contrario a medida que pasa el tiempo, se incrementa, se intensifica, nos frustra más, nos hace cuestionar los hechos con mayor rigidez y puede seguirnos afectando el tiempo que se lo permitamos.

Es aquí donde llegamos a un punto clave. ¿Quién es el perjudicado cuando algo de nuestro pasado que logró marcarnos de manera indeseada viene a nuestro presente a repetir la dinámica? Nadie más que nosotros, porque aun cuando nos propongamos vengarnos, comunicar frecuentemente nuestro pesar o forzar a los demás a que reconozcan sus errores, lo que conseguiremos es traspasar un poco de nuestro malestar, pero la cuota principal nos la llevamos nosotros.

¿Qué nos libera del martirio de recrear con dolor o con rabia una y otra vez cualquier experiencia de nuestro pasado? El perdón… No es sencillo, pero es necesario. No tiene sentido alguno ir por la vida dándole a algo que nos hirió, la oportunidad de hacerlo de manera eterna. Cualquier carga negativa por daño que decidamos acumular en nuestro interior se va volviendo más y más grande, nos volvemos especialistas en coleccionar drama, esa carga atrae a otras de su estilo y terminamos convenciéndonos de que la vida es injusta, de que nadie vale la pena, de que el amor es un asco, de que la vida nos odia o que sencillamente no encajamos…

No, eso es parte del daño que seguimos permitiendo que entre a nuestra vida, dejemos atrás las generalizaciones, usemos la empatía, la comprensión o la compasión, a veces algo parece extremadamente grave porque nos hizo sentir extremadamente mal, pero si podemos ver las cosas de manera más objetiva, quizás nos llevemos la sorpresa de que las cosas no eran tan malas o que esa persona no tenía en ese momento muchas más herramientas para manejar una situación o que vivió cosas similares a las que terminó haciendo, que aunque no justifique sus acciones sí puede explicar su comportamiento y desde la comprensión siempre es más sencillo perdonar.

Cuando somos demasiado rígidos con los demás, terminamos sintiéndonos frecuentemente mal, traicionados, burlados, maltratados, pero si vemos un poco más, seguro nos daremos cuenta que en el fondo, no somos muy diferentes y que quizás en una situación similar y con una experiencia de vida como la de alguien más, sería factible cometer lo que consideramos errores.

Recordemos que cada experiencia es un escalón en nuestra evolución y aunque no esperamos acciones que reflejen amor incondicional y el perdón garantizado hacia el resto del mundo, al menos tratemos de protegernos a nosotros mismos y pongamos amor donde hay daño, ésa es la única forma de perdonar de corazón y de sanar cualquier herida.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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