La ternura tal vez sea la única certeza del amor verdadero

La ternura es la mezcla de la dulzura y el amor, un estado de ánimo profundamente humano que reconforta a quien la recibe y conmueve a quien la ofrece. Resulta indispensable para que los niños crezcan, para que los enfermos se recuperen, para aliviar las penas… Pero en ocasiones no somos capaces de expresarla porque supone también enfrentarnos a nuestra propia vulnerabilidad.

Hay una sonrisa que me fascina, una sonrisa increíble, que significa mil cosas, de una fuerza y una dulzura infinitas. Es… la sonrisa de la ternura.

Podemos sentir la ternura como un estado de ánimo íntimo que da cuenta de nuestra necesidad de recibirla o de nuestro deseo de darla. También podemos expresarla, aunque no siempre resulta fácil. Pero, ya sea un sentimiento o un comportamiento externo, la ternura es la mezcla de dulzura y amor. Es dulzura el deseo de no lastimar a otro cuando sabemos que es frágil (hacia un niño o una persona mayor); el deseo también de aliviarle el daño, si este ya está presente (hacia un enfermo o un herido); o el deseo de mostrarnos solícitos con el otro cuando hemos percibido su vulnerabilidad. Todos los seres humanos somos sensibles y por este motivo nos mostramos tan receptivos a la ternura, que nos conmueve enseguida.

La ternura es la expresión del amor en su forma más altruista: no se busca la satisfacción personal sino el alivio del otro. La ternura es un amor “desexualizado” y desapasionado.

La ternura puede plantear problemas cuando falta: suele ocurrir que, por no haber recibido bastante ternura, algunas personas no pueden sentirla; pero sobre todo, no pueden expresarla. Y aunque son necesarios grandes trastornos y carencias para no sentir jamás la necesidad o la manifestación de la ternura, no son pocas las personas que aún sintiéndola, se prohíben expresarla, ya sea con gestos o con palabras. Sólo logran tener la intención y el deseo de ternura; sueñan con ella, pero pasar a la acción, les da miedo.

La ternura supone que cedemos y estamos dispuestos a avanzar despojados de toda forma de superioridad y de distancia. Por eso puede provocar miedo, porque es ese momento en el que renunciamos a desempeñar un papel, a controlar. Ya solamente somos amor altruista. Y, en cierto sentido, nos volvemos tan frágiles como la persona a la que mostramos ternura.

 

Y es que ésta, es un desnudamiento que supone confiar en el amor que nos puede reportar. Decía el escritor italiano Cesare Pavese: “Serás amado el día en que puedas mostrar tu fragilidad sin que el otro se sirva de ella para afirmar su fuerza”. La podríamos reescribir así: “Serás amado el día en que, ante tu fragilidad, el otro sentirá y te ofrecerá, ternura”.

La ternura tal vez sea la única certeza del amor verdadero: el sexo y la pasión pueden mentir, pero es más difícil hacer mentir a la ternura.

¿Puede haber una ternura excesiva? Sí, y es algo parecido a lo que ocurre cundo existe un exceso de felicidad: incluso las cosas buenas, en grandes dosis o muy seguidas, acaban por cansar o desagradar. Pero siempre hay que preguntarse si ese “demasiado” que pesa y ahoga, o ese sentimiento de exceso, no proviene de una insuficiencia, si el problema no es que, junto a la ternura, no conviven la libertad, las suficientes separaciones, la necesaria autonomía personal…

Un hombre decía a su mujer que la dejaba porque quería “renacer al mundo que tu ternura me oculta”. Partir y luego regresar, separarse y luego encontrarse, gozar y luego sufrir: son estos movimientos de la vida humana los que ofrecen a la ternura su necesidad, su belleza y su poder.

La ternura no es una forma inferior o manida del amor; al contrario, es una forma más evolucionada y apaciguada de éste. Es también todo lo que alivia nuestra existencia cuando más falta nos hace: cuando estamos débiles, enfermos, cansados.

Si tuviéramos que imaginar la ternura en la forma de un gesto, sería una caricia en nuestra mejilla, prodigada con lentitud y suavidad. En la forma de un rostro, sería una profunda sonrisa, tranquila y un poco triste, dirigida al niño que duerme, al padre que envejece, al cónyuge que se tambalea, al amigo que no está pasando por un buen momento: la sonrisa de la conciencia de nuestra fragilidad y de la confianza en la fuerza del amor.

Via upsocl

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