Cuando algo nos ofende, normalmente nos muestra una herida abierta

Es lógico entender que a nadie le gusta sentirse ofendido, sin embargo, cuando algo que nos dicen o hacen nos sensibiliza, podemos aprovechar la ocasión para indagar si se trata de alguna herida que aún no está cicatrizada.

Normalmente nos ofendemos por las siguientes causas:

No vemos en quien nos ofende la autoridad moral para hablar o actuar en nuestra contra: Si pensamos que alguien no tiene un aval moral para sustentar lo que piensa negativo de nosotros y lo expresa de manera inadecuada, solemos sentirnos ofendidos.

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Se involucra a nuestros seres queridos: Muchas veces no hace falta sino escuchar el nombre de quienes queremos en la boca de alguien que nos parece que no tiene derecho a mencionarle y sin mucho preámbulo nos sentimos ofendidos. Es lógico que no queramos que alguien malponga u opine en negativo de nuestros afectos, incluso cuando lo que dicen se acerque a la verdad.

Nos tocan un punto en el que hemos estado trabajando para mejorar: Esto es parte de lo que debemos revisar al sentirnos ofendidos. Si yo estoy haciendo mi mayor esfuerzo en mejorar algún aspecto de mi vida y alguien no lo reconoce, por el contrario utiliza aquello que intentamos modificar, en nuestra contra, la reacción natural puede ser el sentirnos ofendidos, sin embargo, lo más provechoso es darnos una dosis de autoaceptación y  ofrecernos el tiempo y el espacio  para convertirnos en lo mejor que podemos ser, modificando todo aquello que no nos hace sentirnos orgullosos de nosotros mismos

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Nos remontan a una herida no sanada: Cuando alguien nos dice algo que nos ofende considerablemente, normalmente no está haciendo otra cosa que captar lo que proyectamos, nos sentimos culpables por algo, nos sentimos incompetentes para algo, nos sentimos de alguna manera que no nos hace sentir cómodos y eso es lo que irradiamos, el otro como espejo que es, nos lo hace ver.

Normalmente observando la ofensa podemos llegar a heridas que a veces ni siquiera sabemos que teníamos, lo cual nos ayuda a sanar. Cuando algo nos deja de doler, ya no nos ofende lo que alguien más pueda decirnos, sabemos que no lo somos, que no nos pertenece y ya lo que creíamos un problema, deja de ser nuestro.

Aprendamos a no darle al otro la posibilidad de afectarnos negativamente, asumamos la posición de quien decide qué hacer con las entradas foráneas que recibe. Donde haya dolor, coloquemos amor, esto normalmente coincide con lo que llamamos perdón y debemos distribuirlo en las proporciones adecuadas entre quienes nos ofenden y sobre todo apropiándonos de las cantidades que necesitemos para perdonarnos a nosotros mismos, sin juicios, sin resentimientos, sin críticas. La mirada más noble la merecemos nosotros mismos y por lo general nos convertimos en nuestros peores jueces.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet