Aferrarse siempre hará más daño que soltarse

Cuando las cosas dejan de tener una unión natural y pasan a ser uniones forzadas, bien sea por obligación, por presión, por miedo, por chantaje, por necesidad… resultan altamente dolorosas.

Muchas veces tenemos miedo a soltar o simplemente lo vemos como una cuestión de ego, que debemos hacer nuestra voluntad así nos cueste nuestra paz mental y terminamos por aferrarnos a algo o a alguien que nos daña, que perturba nuestra estabilidad emocional, física o psicológica.

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En la vida lo único permanente es el cambio, es a través de él que podemos tener otras visiones de la vida, que podemos experimentar cosas nuevas, que aprendemos lecciones y nos vamos formando como los seres integrales que podemos ser.

Cuando nos resistimos a los cambios, estamos cerrándonos a la oportunidad de evolucionar, estamos dándole la espalda a todas las cosas nuevas que podemos recibir si decidiésemos soltar. Todo en la vida tiene un ciclo, y cuando ya lo hemos recorrido debemos sencillamente cerrarlo, porque en caso contrario nos quedamos en un círculo vicioso del cual se nos hará muy difícil salir y nos limitará la apertura de otros caminos.

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Estar atentos, sin estar predispuestos, de cuándo son los momentos en los cuales debemos sencillamente dejar ir, nos ahorrará muchos sufrimientos. Reconocer cuándo ya lo hemos dado todo o cuándo una situación sencillamente ya no tiene nada que aportarnos es crucial.

Cuando nos decidimos a confiar en los procesos de la vida, a pensar que trabajaremos porque lo que nos quede de vida será lo mejor que nos haya pasado, estaremos tomando las riendas con la mejor actitud posible, entenderemos que soltar es necesario y aferrarse lo único que genera es desgaste, pérdida de confianza en nosotros mismos y en que las cosas puedan estar mejor aun siendo distintas a como las pensamos o planeamos.

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Solemos clavarnos en una incómoda zona de confort, donde nos martirizamos, donde nos resistimos, donde le ponemos un bloqueo contundente a lo nuevo, a los cambios, donde amarramos a rocas mentales gigantes cualquier cosa conocida, para que nunca se pueda ir, aunque ella nos genere cualquier tipo de malestar.

Abrir nuestros corazones es lo más sensato, así puede salir lo que necesario y puede entrar lo que realmente vale la pena conservar. Las puertas del corazón solo se abren cuando le damos más poder a él que a nuestra mente, que es quien normalmente tiene la llave. Aligera tu equipaje y no dejes que nada te haga peso, suelta lo que duele, lo que enferma, lo que ancla, decide abrir tus alas y volar tan ligero como sea posible.

 

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