Vivir lleva consigo implícito el estar a gusto con la vida, el disfrutarla y el aprovechar esta experiencia para sacar de ella lo mejor, no limitarnos a reaccionar ante lo que nos pasa, sino ser realmente creadores, protagonistas encantados con nuestra propia experiencia.

En nuestro camino aprenderemos que muchas veces será necesario obviar a algunas personas para no desviarnos de nuestros propósitos principales de vida. Estas personas pueden ser muy cercanas o no pertenecer a nuestro núcleo, pero de alguna manera pueden tener alguna influencia en nuestras decisiones.

Nunca vamos a lograr complacer a todos, de hecho ésta para nada debería ser la meta, a menos que nos hayamos propuesto ser completamente infelices o vivir eternamente frustrados.

Las expectativas y sus consecuencias

Las expectativas son normales en los seres humanos y a pesar de que nos limitan y solo nos permiten enfocarnos en una parte de la realidad, no dejan de ser frecuentes en cada uno de nosotros. Ellas están atadas a nuestras creencias, a la personalidad de cada quien, a la crianza, etc… Por ello son particulares y no necesariamente deben coincidir de una persona a otra en relación a un mismo punto.

Todos los que nos rodean de alguna manera tienen una expectativa asociada a nosotros, a nuestro comportamiento, a los resultados que obtendremos, a cuál camino vamos a tomar y evidentemente nosotros con nuestro propio criterio, debemos tomar decisiones que serán bien vistas por algunos, ignoradas por otros y desaprobadas por algunos más. Está en nosotros mantener al margen las opiniones y las acciones de los demás en nuestras vidas.

En contra posición, debemos procurar que lo que los demás hagan con sus vidas nos afecte lo menos posible. El ignorar en estos casos también es un buen recurso, permitiendo en la medida de lo posible que cada quien viva su vida a su manera sin perjudicar la nuestra.

Selectividad es la clave

Todos estamos coexistiendo, intentando acoplarnos y adaptarnos los unos a los otros. Habrá cosas que no podremos soportar, las cuales debemos modificar o si no es posible, buscar mantenerlas al margen de nuestras vidas, incluso cuando nos alejan de personas que consideramos importantes.

Habrá otras cosas que bastará con ignorar con todo y su persona o situación asociada. Esto nos dará paz, nos permitirá eliminar un peso de nuestra espalda y nos evitará distraernos de lo que quizás realmente importa.

Ignorar es mucha veces decidir por nuestra tranquilidad. Es dirigir nuestra atención de manera inteligente hacia aquello que nos llena, que nos suma, que nos hace bien, en lugar de hacerlo hacia aquello que nos lleva a menos, que nos carga de temores, de inseguridades, que nos conecta de alguna manera con el malestar.

No nos debemos sentir mal por ignorar a ciertas personas, la culpa no es el mejor aliado. Debemos sentirnos mal si permitimos que nuestra vida se afecte por otras personas, si no sabemos colocar límites, si vivimos para hacer felices a los demás y nos dejamos de lado a nosotros… Nosotros debemos ser nuestra prioridad y nuestras decisiones deben considerar el vivir a plenitud, escogiendo conscientemente lo que nos hace bien.

Todo es cuestión de práctica

Aprender a ignorar puede no ser tan sencillo, pero una vez que lo comenzamos a practicar y comenzamos a ver los beneficios de seleccionar lo que sí queremos que esté presente en nuestras vidas y qué nos conviene obviar, vamos desarrollando la práctica que necesitamos para armonizar nuestras vidas y eliminar lo que no convenga o sintamos que en definitiva no entra en sintonía con nosotros y no es merecedor de nuestra atención.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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