Todos fuimos niños, pero ninguno lo recuerda… Entre las cosas que implica ser niños está el constante aprendizaje de expresión de emociones. Mientras más pequeño es el niño, menos dominio tendrá de su sistema emocional.

Muchas veces escuchamos decir que un niño es difícil, que no se concentra, que responde mal, que es malcriado, sin que exista la intención de ver qué hay detrás de cada una de esas personitas que está intentando acoplarse a un mundo que no necesariamente es lo suficientemente amable, paciente y comprensivo con su proceso de aprendizaje.

Luego, es necesario que respaldemos a los niños en cada una de sus etapas y lo acompañemos para que ellos aprendan a identificar sus emociones y practiquen la mejor manera de canalizarlas.

Con la edad las cosas deberían mejorar

Si no es extraño ver por ahí a hombres y mujeres bien entrado en años, explotando de la ira, reventando en llanto o cual huracán destruyendo todo en una habitación inundados de hormonas que no pueden controlar en un momento dado, ¿qué podemos esperar de un pequeño que probablemente se ha desarrollado en un ambiente que no le ha sabido brindar la suficiente contención a sus sentimientos y reacciones?

Es fácil juzgar y muchas veces la represión, el castigo, la terapia o inclusive el maltrato físico son las salidas tomadas por padres que quizás por inexperiencia no comprenden que lo que un niño requiere se basa en el amor y la atención.

Mientras más represivos ante las conductas que consideramos inadecuadas en un niño, más problemas estamos generando. Es necesario ser lo más empáticos posibles con esas personitas que están en plena creación de modelos, que están aprendiendo a usar herramientas y que lo que necesitan es una guía paciente que los ayude a entenderse y a ubicarse.

Si un niño hace un berrinche, es frecuente una reprimenda, que castiguen al niño, que le peguen, de hecho si es en público, los que presencian la escena están a la expectativa de que al niño al menos se le llame la atención por sus actos. Sin entender que el niño está teniendo un arrebato emocional, donde la frustración que no sabe manejar se ha apoderado de él.

El acompañamiento y respaldo amoroso fomenta la seguridad

Aprendamos a acompañar a nuestros hijos en los momentos que más nos necesitan, sin quebrarnos ante la presión de los demás, son nuestros hijos, no de ninguna otra persona. Procuremos tratarlos con amor y hacerles entender que el camino que han tomado, no los llevará lejos, tratarlos con respeto fortalece su seguridad y autoestima.

No se trata de complacerlos, ni de caer en juego de manipulación, que también se aprende desde muy temprana edad, se trata de acompañar al niño a que salga de su berrinche de la manera más amorosa y respetuosa posible, para posteriormente adaptar un discurso a su edad que le explique lo que ha pasado, dejando claro que entendemos su rabia y que existen otras maneras de manifestar cualquier emoción.

Un niño de los que llaman difícil, normalmente corresponde a un niño que no se siente lo suficientemente querido, cuidado o atendido. Incluso cuando consideremos que esto no es así. Una cosa es lo que damos como padres, como cuidadores y otra diferente es lo que percibe el niño.

Aprendamos a escuchar a nuestros hijos, más allá de lo que dicen, aprendamos a leerlos. La frustración es válida, también lo es buscar ayuda, pero nada aportará más beneficios que el amor y la empatía. Recordemos que todos estamos en constante aprendizaje y mucho más esos pequeños que pueden tener un torbellino emocional adentro y no tener la más remota idea de cómo expresarse.

Pongamos nuestro empeño en cubrir las necesidades de los más chicos desde el afecto, entendiendo que cada niño es particular y cada uno tendrá una manera de sentir y de expresarse, que debemos hacer lo posible por entender y guiar, en lugar de etiquetar, juzgar e incluso traumatizar.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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