RINCÓN del TIBET

Y me costó mucho amor dejarte ir…

me costó

Y me costó mucho amor dejarte ir…

Simplemente me costó, no podía aceptar que luego de todo el camino recorrido, estábamos allí, en ese punto donde solo era posible soltar nuestras manos, las mismas manos que habían permanecido unidas contra todo pronóstico, las mismas manos que incontables veces habían acariciado el cuerpo del otro, las mismas manos que secaron mutuamente nuestras lágrimas…

Pero así son las bromas del destino, ése que podemos pensar que está escrito, pero que en el fondo sabemos que lo vamos redactando y animando día a día,  me costó muchos pensamientos, me costó muchas emociones, me costó mucha vibraciones, con nuestras decisiones…

No sabes cuánto quisiera echar el tiempo atrás y poder reconocer exactamente ese punto en el cual todo comenzó a quebrarse, determinar ese momento en el cual predominó la rabia o el egoísmo sobre el amor, sobre nuestras ganas de construir y tomar acciones que nos evitaran todo esto.

No sé qué nos pasó, solo sé que en algún momento ya fue evidente para mí que mi vida se perdía en cada minuto que pasaba a tu lado… lo intenté todo… me voy en paz… porque antes de asumir que decir adiós era lo mejor, entregué de mí lo que quedaba, buscando encontrarnos nuevamente… No me fue posible, porque ahí teníamos que estar ambos… Pero solo estaba yo y créeme que me costó mucho trabajo, muchas lágrimas, pero sobre todo mucho amor el dejarte ir

Dejar ir se puede volver una necesidad

Dejar ir cuando amamos puede ser una de las cosas más dolorosas que podamos afrontar. El reconocer que no importa lo que sintamos, que ya no importa lo que hagamos, que es necesario reservarnos el amor y decir adiós, puede representar la mezcla más explosiva y densa de sentimientos y emociones negativas que podamos experimentar.

Por más capacidad de aceptación que podamos tener, por más objetivos que podamos ser, por más capaces de discernir seamos, el haber seleccionado a alguien para amar, para compartir un camino juntos, para invertir nuestro tiempo y nuestras energías  y luego tener que reconocer que esa persona por un motivo u otro no cabe en nuestras vidas, siempre será un proceso que nos deje un una sensación de vacío que solo entienden quienes lo han vivido.

Dejamos ir cuando entendemos que no hacerlo es sacrificar lo que nos queda de vida, es aceptar que nos conformamos con lo que sabemos nunca seremos felices. Dejamos ir cuando en nuestras vidas se siembra la esperanza de que hay algo mejor, no necesariamente alguien, pero sí algo mejor, un estado emocional, una sensación de tranquilidad, un dolor menos en el pecho… Y apostamos lo que nos queda en la búsqueda de ese bienestar.

Y el miedo a veces nos habla, nos dice que nos quedemos allí, que podemos aguantar más, que quizás no es tan malo, que hay cosas peores y que probablemente aquello que creemos mejor nunca nos toque. Pero es allí donde debemos callar esa mente temerosa y actuar con fe y determinación de que merecemos  todas las cosas positivas disponibles para nosotros y si realmente creemos en ello, no habrá nada que nos impida tomar el camino que nos conduzca a la sanación y al encuentro con nosotros mismos y desde allí solo nos queda prepararnos para recibir de la vida lo mejor.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

 

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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