Vive la vida, venda la herida del corazón

Una ostra que no fue herida de alguna manera, no produce perlas, pues la perla es una herida cicatrizada.

Las perlas son productos del dolor, resultados de la entrada de una substancia extraña o indeseable en el interior de la ostra, como un parásito o un grano de arena.

En la parte interna de la ostra es encontrada una sustancia lustrosa llamada nácar. Cuando un grano de arena penetra en ella, las células del nácar comienzan a trabajar y lo cubren con capas y más capas, para proteger el cuerpo indefenso de la ostra.

Como resultado, se forma una linda perla.

Lo mismo ocurre con nosotros. Cicatrizar las heridas no es fácil, pero es el camino. Es necesario saber cuándo debemos finalizar una etapa de nuestra vida y comenzar a sanarnos y a cerrar heridas.

Es inevitable que el mundo nos dañe y que sintamos en algún momento esa sensación de que el mundo se nos viene encima y todo a nuestro alrededor se desmorona. O sea, que emocionalmente estamos tocando fondo.

Pero lo bueno de ver el suelo de cerca es que ya solo tenemos la opción de coger impulso. Es probable que pasemos por todo tipo de fases, incluso aquellas que nos hacen sentir fracasados como personas.

Sin embargo, el sufrimiento y las adversidades nos abren la puerta hacia el crecimiento emocional. Esto nos hace más valiosos y nos recuerda que la vida tiene las opciones que queramos contemplar.

Así, digamos que pertenecer al clan de la cicatriz nos embellece a través de la madurez y la sabiduría que ofrecen los daños. Tal y como sucede con la ostra.

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Lo débil se hace bello y fuerte

Los japoneses reparan los objetos de cerámica que se rompen con oro, de tal manera que lo que una vez se rompió, ahora se convierte en la parte más bella y fuerte de la pieza. Este arte se llama Kintsugi y de él podemos aprender una hermosa lección: lo que una vez fue débil, hoy nos hace fuertes y bellos.

Como es obvio, de esto no nos damos cuenta cuando estamos heridos. De hecho, el valor que nos proporcione la cicatriz es directamente proporcional a la magnitud de la herida. O sea, que cuanto más dolidos estemos, más trabajado estará nuestro interior.

Cuando algo nos hiere tenemos la fea y mala costumbre de intentar “salvarnos” peleando contra nuestro dolor. O sea, que nos metemos en una lucha cuerpo a cuerpo contra nosotros mismos.

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Pensamos que así frenaremos el sufrimiento y nos desharemos del lastre que supone el desequilibrio emocional al que te someten ciertas cosas. Sin embargo, no logramos superar realmente lo que nos sucedió hasta que no aceptamos que fue así y convivimos con ello.

Es decir, hasta que bordamos con oro los desgarros en nuestras vestiduras. Una persona que acepta la vida la contempla con cierta calma, pues sabe que los daños son tan inevitables como los daños.

De hecho, como gran parte de nosotros sabemos, cuando de verdad aprendemos es en los momentos en los que se nos complica la vida. No podemos pasar las páginas de nuestra vida intentando rehacer el libro, lo que nos toca es avanzar escribiendo nuestra historia.

Cuando aprendemos la lección, nuestro dolor desaparece. O sea, no se puede sanar una herida si la tocamos constantemente. Quedarán cicatrices en nuestro cuerpo y en nuestra alma que luciremos con orgullo, pues serán nuestra seña de identidad, una muestra más de nuestro Yo verdadero.