Único en mi vida

Siempre creí en el amor, en encontrar el amor verdadero. En que algún día, aparecería ese alguien destinado a ser mi alguien. Siempre soñé con mi príncipe azul; con ese que, algún día, me
correspondería y a quien también agradase. Con aquella persona a la que amaría
hasta lo infinito y por la cual estuviera dispuesta a dar-lo todo; en esa
persona con la cual acabaría de pasar mis últimos días. Alguien que me quisiera
por quién soy y como soy, que no tratase de cambiarme, ni me juzgara, ni
restringiera mi libertad. Alguien como yo, deseoso de sentirse querido, de
soltar todo ese sentimiento; de amar y ser amado. Hasta que un día, dejé de
soñar, de sentir, de buscar el amor. Dejé de amar, perdí toda esa capacidad
para entregarme, venerar y desvivirme. Perdí todo ese potencial afectivo, ese
don mío para querer. Perdí las ganas de enamorarme, de que me quisieran, de que
me buscaran. Perdí mi sueño de encontrar a ese alguien. Perdí las ganas de
amor. Lo perdí todo. Pero un día, llegaste a mí. Como un rayo de sol en medio
de la oscuridad. Te encontré sin más, en el momento menos indicado y en la
situación más extravagante. Te encontré, quizás, sin querer, aunque una parte
de mi te buscara. Al principio te vi, parecías ser ese Romeo que tanto esperé.
El alguien destinado a mí. Brillabas sobre los demás, destacabas por encima de
ellos, eras la estrella en medio de la noche. Primero me distancié, apenas te
conocía. No sabía quién eras. Todavía no conocía nada de ti. Pero luego, algo
quiso que me fijara más profundamente en esa persona tan hermosa. Algo nos
quiso a solas, a los dos; tú y yo. Todos se fueron, pudimos hablar, pudimos
decir que prácticamente nuestros intereses eran los mismos, que todo cuanto nos
atraía, era lo que ambos buscábamos. Y luego nos sumimos en una aventura de lo
más interesante y arriesgada. Navegamos buscando besos en mares de ternura,
surcamos las aguas de nuestras miradas, chocamos contra las rocas de la pasión,
y nos perdimos entre las profundidades de nuestras bocas. Por aquel entonces,
aún no me di cuenta de que te quería. Y que sensación la de amarte! Esas ganas
desmesuradas de volver a sentir, de soñar otra vez, de creer de nuevo en el
amor. Empezamos a crear la historia; nuestra historia. A conocernos, a
hablarnos. Empecé a confesar lo que nunca había podido confesar a nadie.
Aquello que jamás nadie hubiera entendido, aquello que sólo compartíamos tú y
yo. Esas lujurias mentales fruto de nuestras mentes delirantes. Esos saberes
por quién ya nadie se interesaba y de los cuales no podías hablar prácticamente
con ningún ser humano. Pero tú no creías en el destino, en aquello que
determina lo que ha de ocurrir. Por eso no creías en el amor, porqué nunca lo
habías conocido. No creías en amar, porqué nunca lo habías hecho. No creías en
tu alguien. Eras un cínico de la vida, y en medio de tu atractivo y tus
embrujadas palabras me sumergiste en una utopía imposible. Me sumergí tanto
entre tu exquisitez, que me perdí lo más importante de ti: las palabras que
escuché sin escuchar, y a las que no presté la suficiente atención. Ese fue mi
gran cometido, y como lo pagué!

Yo creí que habías sentido, que tenías algo de fe en mi, que me habías dado tu amor porqué aspirabas a
amarme, que querías verme porqué me necesitabas. Creí que era una historia y
sólo fue un cuento. ¡Maldito hipócrita! ¿Cómo te atreviste a engañarme así? ¿Cómo
pudiste hacerlo? Es más, ¿cómo pudiste mentir a dos personas que te querían? ¿Cómo?
No entiendo por qué lo hiciste. No entiendo que pretendías conmigo. Sólo me
utilizaste para darte protagonismo, para demostrar algo, que estoy segura que
en el fondo no eras, para reafirmar tu autoestima. Sabes que fuiste un egoísta.
Te aprovechaste de dos ingenuas, que solo querían amarte.

Y a veces me duele más por ella que por ti. Me duele porque estoy segura de que no se lo contaste, de que
nunca lo va a saber, de que vivirá engañada quién sabe hasta cuándo. Y yo así
no podría vivir. Te lo juro. Tampoco sé si podría perdonarte, si sería capaz.
Lo cierto es que me costaría, pero soy demasiado inocente, tengo un corazón
desmesuradamente benévolo, así que terminaría haciéndolo. A pesar de todo, sé
que si no se lo cuentas no es porque no puedas, por remordimientos, o por
miedo, sé que es porqué tu conmigo no viviste nada. Jamás sentiste nada. Nunca
pensaste en ir más allá, yo sólo era la muñeca con quien podías jugar en tus ratos
libres. La que te dio esa superioridad que tu creíste tener, y que en realidad
no fue más que un acto de lo más indecoroso. Supongo que pensaste que
empezarían a darte medallas por tu adulterio, yo creo que más bien, empezaron a
dudar de si eras la persona que habían creído que eras. Te ganaste su
desconfianza y desaprobación; les defraudaste, pero igual que yo, te apreciaban
demasiado para dejarte de querer. No eran capaces, y yo tampoco.

La verdad es que escogiste muy bien a las víctimas de tus infamias. Inocentes, distraídas, amantes de la
filosofía, y enamoradas de ti. Y aunque a veces la odie, que os odie, que te odie,
no puedo dejar de pensarte. De tenerte en mi mente. De buscarte sin parar. Tú
eras único, el único que amé con todas mis fuerzas, el único que consiguió
hacerme olvidar mis problemas, sanar un corazón roto, llenarme el alma, darme
el amor que yo quería, fuiste el único que me entendió, que me comprendió, que
compartió mis ganas por el arte de saber y pensar. Fuiste tan perfecto que
nadie podría alcanzar tu estatus, Tenias tanto que lo tenías todo. Tenías
mucho. Tenías lo que siempre quise tener. El todo y la nada. Eras mi mundo. El
único que amé diferente; que amé con toda yo.

Fuiste único en mi vida.

Vía: El Acorazado