Todo amor que se descuida está propenso a la infidelidad, incluso el amor propio

El amor, en cualquiera de sus formas y presentaciones, requiere de cuidado y atención para subsistir, requiere de detalles, de alimento, de nutrientes… cuando el amor se descuida se abre paso a muchos escenarios, que van desde el caer en un estado de conformidad e insatisfacción, pasando por la traición y llegando a la muerte de ese sentimiento.

Se supone que no hay justificación para la traición, pero para los efectos prácticos, cuando hablamos de amor, la traición tiende a aparecer cuando algo no va bien, cuando el amor no es firme, cuando se le da mayor importancia a cualquier otra cosa o persona, cuando se descuida y se da por sentado o se deja de lado.

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Esto puede ocurrirnos en una relación de pareja, donde las expectativas se alejen cada vez más de la realidad y por esperar cosas diferentes a las que recibimos, se opte por buscar afuera. Pero también, y resulta la peor de las traiciones, puede ocurrirnos con nosotros mismos.

Cuando dejamos de ser nuestra prioridad, cuando nos alejamos de lo que nos genera bienestar, cuando nos importa más lo que piensen los demás, que lo que nosotros queremos para nuestras vidas, terminamos siempre por traicionarnos.

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Evidentemente debemos considerar un estado de armonía, de equilibrio, donde procuremos que nuestras acciones no afecten de manera negativa a los demás, pero si queremos ser felices, será necesario establecer prioridades que nos permitan llegar a donde nosotros queremos estar, que nos permitan defender nuestros ideales y no agachar la cabeza y desviarnos ante cualquier persona que pretenda marcarnos directrices en la vida.

Nuestros afectos pueden tener las mejores intenciones para con nosotros, nuestros padres, nuestras parejas, nuestros hijos… no pueden amar intensamente, pero ello no significa que por ellos debemos sacrificar lo que nos hace feliz, lo que nos mueve, lo que nos hace vibrar el alma.

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Podemos escuchar muchas voces, podemos recolectar toda la información que queramos, podemos complacer a muchos, pero si en ese proceso callamos a nuestra voz interior, estaremos amordazándonos, estaremos silenciando la única voz que debe ser prioritaria en nuestras vidas. Nadie sabe mejor que nosotros mismos lo que nos hará bien, lo que nos alimentará el alma y lo que debemos establecer como prioridad.

Hagamos una pausa para calificar el tipo de amor que nos damos a nosotros mismos y sobre todo para determinar si hemos venido traicionándonos, todo lo podemos corregir, nunca es tarde para tomar acciones y nada nos generará satisfacción mayor a sernos fieles a nosotros mismos.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet