Mirar a la cara cuando nos hablan y no la pantalla de un móvil, es muestra de respeto

La tecnología definitivamente se ha instaurado en nuestras vidas, llenándonos de muchísimas ventajas y facilitando nuestras vidas, inclusive a través de ella podemos comunicarnos con nuestros afectos de manera cotidiana e instantánea aunque estemos muy lejos físicamente, sin embargo, también podemos alejarnos con la misma facilidad de los que tenemos cerca.

Resulta que el móvil o el ordenador es donde fijamos la mirada la mayor parte del tiempo que pasamos despiertos, y en muchos casos se nos hace imposible desatender lo que nos muestre la pantalla para dirigir nuestra atención a cualquier cosa que esté ocurriendo en nuestras vidas.

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No importa si lo que estamos viendo es una red social, con imágenes de personas que ni siquiera conocemos o si estamos especificando las actividades que ocuparán lugar en nuestras agendas. El resultado es el mismo, una especie de hipnosis que nos aísla del mundo real y nos ata a las redes… que más allá de conectar, nos mantienen prisioneros.

Cuántas parejas no vemos sentadas en un restaurante, cada una con su móvil en la mano cruzando escasas palabras entre sí, cuántos niños no vemos demandando la atención de sus padres mientras ellos ni siquiera se toman la molestia de desviar la mirada de sus celulares. Cuando vemos a familias reunidas, no pasa mucho tiempo en que alguno de los integrantes quiera hacer uso del móvil para mostrar un video, para tomar una foto para alguna red social y enviársela a alguien que no está presente… en fin… perdimos la costumbre de comunicarnos.

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Es necesario aprender a establecer límites en nuestras conexiones cibernéticas, tenemos que respetar a quienes nos rodean y debemos rescatar la costumbre de vernos a la cara mientras nos hablamos, de mirarnos, de saber leer un lenguaje corporal con la misma destreza que interpretamos un emoticon.

Ciertamente tenemos mucho que agradecerle a la tecnología, pero debemos hacer un buen uso de ella, sin perdernos los momentos reales de nuestras vidas, sin convertirnos en personas que alimentan más sus redes sociales que a sus afectos tangibles, sin pensar más en lo que queremos proyectar a los demás que en disfrutar realmente nuestras vivencias. Lo mejor de la vida no se capta en una foto, no se envía en un mensaje, lo mejor de la vida se vive, se siente, se inmortaliza porque queda grabado en nuestros corazones.

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Así que démosle a nuestras vidas un justo equilibrio y rescatemos aspectos básicos del respeto y la buena educación. El mirar a los ojos de manera presencial es un privilegio, el interactuar con quienes amamos es un regalo, nada que veamos en una pantalla nunca será tan importante como apreciar y respetar a los que se relacionan con nosotros en la vida real.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet