Los mayores triunfos de la vida se consiguen a través del amor y del cariño

“Te moldearé”, le dijo el hacha al pedazo de hierro mientras descendía con toda su fuerza sobre uno de sus costados. Pero a cada golpe que le daba iba perdiendo su filo, hasta que después de un rato aquella herramienta no pudo más, había quedado completamente obtusa.

“Déjenmelo a mí”, repuso el serrucho mientras clavaba sus dientes en el pedazo de hierro, los cuales fueron desapareciendo uno por uno.

“Yo me encargaré de modelarlo”, profirió con arrogancia el martillo, mientras se burlaba de sus compañeros que habían fracasado. Pero después de varios golpes se le quebró el mango y se le desprendió la cabeza.

“¿Me permiten probar?, inquirió humildemente una pequeña llama. Los tres se rieron a carcajadas, pero se lo permitieron porque estaban convencidos de que también iba a fracasar.

Sin embargo, aquella llamita cubrió el pedazo de hierro; no se desprendió de él, lo abrazó y lo abrasó hasta volverlo blando y darle la figura que quería. Aquella pequeña llama logró lo que las otras tres poderosas herramientas no pudieron alcanzar.

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En este precioso cuento nos encontramos con dos fuerzas que quieren conseguir su objetivo a través del enfrentamiento o la agresión. Sin duda, las dos son herramientas poderosas y ciertamente útiles para determinadas tareas, sin embargo no lo son para muchas otras.

Tareas que tienen que ver con la sensibilidad, la cercanía, el cariño o la comprensión. Propósitos que se desarrollan en el ámbito de las relaciones humanas y que se relacionan con un principio de autoridad mal entendido o empleado.

Es fácil que nos imaginemos a un jefe o a unos padres intentando imponer sus deseos sobre sus empleados o hijos utilizando técnicas de martillo o de serrucho. Así, sin ser conscientes de ello, muchas veces las personas nos convertimos en martillos o sierras intentando conseguir que los demás hagan aquello que deseamos.


Por este camino, no solamente nos alejamos de nuestro propósito sino que también nos desgastamos y dejamos fuerzas inútiles en el camino.


Cuando hacemos esto, olvidamos que las herramientas más poderosas para dirigir o educar son el respeto, el amor o la cercanía. Valores que en la lejanía pueden parecer débiles pero que esconden la inteligencia y el tesón suficientes como para influir de manera positiva sobre cualquier persona.

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Lo que no se nos puede olvidar…

La manera ideal de hacer ver o comprender ciertas cosas se basa en estos tres pilares fundamentales que nunca deben de olvidársenos:

  1. Las herramientas que utilizamos con los demás son las que terminan acoplándose de manera automática a nuestro carácter. Si practicamos la crueldad o la agresividad terminaremos siendo unos auténticos maestros en causar heridas y hacer daño mientras por el camino sentimos como nos vamos consumiendo lentamente.
  2. De la manera que tratemos a otros, probablemente nos tratarán a nosotros. Si vamos por el mundo pisando e imponiendo, probablemente recibiremos lo mismo de las personas que tengan la oportunidad de hacerlo con nosotros. Cómo tratemos a los demás les da información a quienes nos rodean de cómo deben tratarnos. Puede que en ocasiones el amor no despierte amor, pero es mucho más difícil que lo despierte el enfrentamiento o la imposición.
  3.  La forma en la que nos comportamos configura la imagen que los demás tienen de nosotros. Podemos tener fines muy loables, sin embargo si los medios que utilizamos no son valorados como tal terminaremos aislados y dialogando con nosotros mismos porque nadie nos va a querer escuchar.

Por todas estas razones, utilicemos el amor, el cariño o la comprensión como parte de nuestra firma. De esta manera, no solamente conseguiremos lo que nos propongamos sino que haremos de nuestra vida y de la de los demás, realmente un poquito mejores.