RINCÓN del TIBET

Lo que yo vi en ti, ni tú lo logras ver

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Lo que yo vi en ti, ni tú lo logras ver

Muchas veces somos capaces de mirar al otro de una manera mucho más profunda de lo que él mismo puede mirarse. Si es el caso, puede que seamos más perceptivos y agudos, también puede que esa persona a quien estamos conociendo no se tome demasiado tiempo para saber quién es en realidad o una combinación de ambos escenarios.

Lo cierto es que a veces somos capaces de desnudarnos más ante otra persona que ante nosotros mismos, consciente o inconscientemente, terminamos viendo en nosotros solo aquello que queremos. Mientras que aquel que se detiene a observarnos puede percibir muchas otras cosas que nos resultan invisibles.

Lo que no vemos en nosotros está debajo de capas que esconden esa esencia, bien sea un amor propio pobre, que no nos permite reconocer nuestro talento, el potencial que tenemos, lo buenas personas, lo inteligentes, únicos y maravillosos que somos y por el contrario podemos sentirnos poco merecedores, incapaces, tenebrosos, inseguros y ante esta actitud, lo más probable es que nos cueste proyectar lo que verdaderamente somos.

Muchas veces el miedo al qué dirán tampoco nos permite saber quiénes somos realmente y preferimos adaptarnos a una conducta que sabemos será aceptada con facilidad por quienes nos rodean.

El no aceptarnos como somos siempre nos mantiene en guerra, tratando de proyectar algo diferente a quienes somos, tratando de ser alguien diferente y por supuesto, para quien está cerca es complicado, porque lo que percibe no es otra cosa que el intento de lo que quisiéramos ser o bien la frustración de no ser lo que queremos.

En otras ocasiones tenemos tantas cicatrices, que forman entre ellas una coraza difícil de penetrar. Nos acostumbramos tanto a la dureza de la superficie, que se nos olvida la verdadera textura, la consistencia real. Podemos convertirnos en personas más cuidadosas, prefiriendo las distancias, evitando involucrar nuestros sentimientos y resulta difícil que nos hagan vibrar o creer nuevamente. Pero hay veces que esas barreras se caen frente a la persona indicada y aunque no dejemos mucho alcance para que realmente nos vean, a esa persona no le hace falta ver, sino siente lo que necesita y a partir de allí nos conocerá, incluso mejor que nosotros mismos.

Cuando nos tropezamos con alguien capaz de sentirnos, de vernos con los ojos del corazón, de seguro podemos darle un espacio en nuestras vidas, porque muy probablemente no solo lo quiera, sino que lo merezca.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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