Hay días en los que te costará sonreír y eso está bien

La vida está llena de altibajos, una simple muestra de ello lo refleja un electrocardiograma con esas subidas y bajadas constantes, donde todo parece ser necesario, mientras la vida fluye. Un día podemos estar bien y tranquilos, al día siguiente nos puede arropar la tristeza o el pesimismo.

Ciertamente somos nosotros quienes decidimos cómo nos sentimos y es válido sentir emociones que no nos agradan, el detalle está en no quedarnos enganchados en ellas, solo darles su espacio, observarlas y dejarlas pasar, hace su tránsito menos dañino.

Si nos quedamos anclados a emociones que no nos permiten sentir bienestar comenzaremos a maxificar sus efectos negativos, en especial el de crear desde un punto de vibración a baja frecuencia, y desde allí la vida recogerá muchas experiencias para que nosotros nos sigamos sintiendo así.

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Pero no debemos exagerar, ni forzarnos, todo en nosotros debe ser fluido, mientras le hacemos resistencia a una emoción o la negamos, más se puede agudizar, si dejamos que pase, sin prestarle mayor atención, antes de que nos demos cuenta ya no nos molestará.

Es como un niño cuando se le presenta una pataleta, si nos irritamos, le reprendemos, le castigamos, estamos dándole más fuerza a esa conducta, por el contrario, si no prestamos mucha atención, inclusive si amorosamente nos acercamos, muy probablemente la pataleta se disuelva en sí misma… Lo mismo ocurre con nuestras emociones.

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¿Estamos molestos? ¿Estamos tristes? ¿Estamos temerosos?… ¿Eso nos roba momentos de felicidad? Pues la respuesta es sí, estas emociones nacen por contraste, nos cortan el torrente de bienestar y nos impiden sonreír de manera espontánea… Pero no pasa nada, podemos pasar por esas casillas, el truco es no quedarnos allí durante muchos turnos, en la primera oportunidad debemos lanzar el dado y avanzar.

Permítete sentir, pero no abuses de los lapsos de tiempo y obviamente no se trata de tener un cronómetro emocional: “ya pasé 30 minutos en esta emoción, debo dirigirme a otra…”, se trata de observarnos y tomar medidas que nos ayuden a movernos, sin brusquedad, sin aspaviento, somos si nos fuésemos flotando desde la parte más honda de la piscina a la más llana, sin levantar mucha agua, sin chapotear, sin cambiar bruscamente de posición… solo aplicando el impulso necesario para desplazarnos sobre el agua y en menos de lo que pensamos, ya nuestros pies podrán sentir el fondo, de preferirlo así.

Observa tus emociones, vívelas, pero recuerda que creas desde allí, así que en las que no te hagan sentir bien, no permanezcas demasiado.

Por: Sara Espejo – Rincón del Taibet