Duele, pero a veces por más amor que hayas dado, debes dejar ir

No hay garantías, en el amor, no hay garantías, no importa cuánto nos entreguemos, si dimos o no lo mejor de nosotros mismos, si sacrificamos personas, lugares o escenarios valiosos… Si la otra parte no está alineada con nuestro propósito, muchas veces resultará necesario dejar ir, incluso cuando sentimos que el corazón completo se desgarra en esa transacción.

Dejar ir es quizás una de las mayores muestras de amor, en primera instancia a nosotros mismos, representando el acto en el cual aceptamos que aquello que quisimos, sencillamente no se pudo concretar o bien, se concretó y por algún motivo, que ahora importa poco, se quebró.

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Dejar ir es el punto en el cual reconocemos que la dignidad debe enmarcar todos nuestros actos y nuestras decisiones y donde entendemos que puede que el dejar ir nos haga doler el alma, pero apostamos porque ese dolor será transitorio y no indefinido como al que nos podríamos ver sometidos en caso de aferrarnos a lo que no será.

Pero adicionalmente, es un acto de amor hacia esa persona que liberamos, que no está dispuesta a recibir lo que nosotros estamos dispuestos a ofrecer, es poder entender que esa persona estará mejor, si nosotros dejamos de insistir, si dejamos de esperar y dejamos de presionar.

Al dejar ir, restamos esa energía que nos hace sentir que estamos forzando una situación, que estamos suplicando o haciendo lo posible para ser apreciados. Dejamos ir y de lado queda esa expectativa de que las cosas tendrán un resultado en particular, que favorezca lo que nos gustaría, solo aceptamos y fluimos con la experiencia y con ello abrimos paso en nuestras vidas a todo aquello que quizás ha querido entrar a hacernos bien y nos hemos dado la tarea de ignorar.

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Cuando nuestra atención se centra en algo en específico, nos resulta complicado poder apreciar inclusive su contexto, pero cuando soltamos es como si cortáramos la cuerda imaginaria que no nos permitía ni voltear y como en una obra de teatro encendemos las luces y notamos todo lo que estaba fuera del enfoque de la luminaria y vemos todo lo que nos hemos perdido.

Eso es una ganancia que puede que nos cueste apreciar, porque quizás el dolor sea por un tiempo el protagonista y aunque debemos darnos el debido tiempo para sanar, es recomendable estar conscientes del proceso y no quedarnos anclados a ninguna de nuestras etapas de duelo.

Cuando el amor deja de hacernos sentir pleno, para hacernos sentir desdichados, no importa cuánto hayamos invertido, si nos quedamos, de ahí en adelante todo será pérdida… Hasta que nuestro ser casi nos implore que dejemos ir, que nos reconozcamos y que nos amemos un poco más a nosotros mismos.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet