El término Pali que usualmente se traduce como “amor”, “amor benevolente”, “amor bondadoso” o “amabilidad incondicional” es la palabra metta. En una de los escritos budistas más antiguos sobre lo que hoy llamaríamos regulación emocional se dice que un Brahmin —un devoto de Brahma, un dios Hinduista— vino hasta donde estaba el Buda y le preguntó cómo podía unir su mente con la mente de Brahma. En un bello gesto de empatía, el Buda no le respondió algo así como: “Mira, me encantaría ayudarte pero te equivocaste de ashram, acá no creemos en Brahma”. Al contrario, el Buda le respondió tal como recomendó Carl Rogers hablar a los pacientes en la psicoterapia centrada en la persona, unos 2500 años después: usando el lenguaje del otro y practicando una “consideración positiva incondicional”. Usando su lenguaje “Rogeriano”, El Buda le dijo al Brahmin:

Para unir tu mente a la de mente de Brahma y para morar con él debes practicar las cuatro moradas de Brahma (los Brahmaviharas, en Pali). Estas moradas son: metta (el amor benevolente), karuna (la compasión), mudita (la alegría empática), y upekkha (la ecuanimidad). El Buda recomendó al Brahmin que cultivase estas cuatro cualidades en su mente y en su corazón, ya que si Brahma era la personificación del amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad, una mente que tuviese tales cualidades no podría estar muy lejos de Brahma. Además, argumentó el Buda, cultivar estas actitudes celestiales tiene sentido tanto si hay una vida después de la muerte como si no la hay: si la conciencia sobrevive a la muerte haber cultivado dichas cualidades le llevaría a una reencarnación afortunada o al cielo; y en caso de que no exista vida después de la muerte, una vida basada en el amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad sin duda que será una vida bien vivida.

A estas cuatro cualidades a menudo también se les llama “los cuatro estados inconmensurables de la mente”, un término que sugiere la idea de que su cultivo no es un juego en el cual abundancia para unos significa escasez para otros. A veces pensamos que el amor es una entidad finita que se puede acabar después de un tiempo, como si fuese comida en la heladera. Cuando miramos el mundo desde esta perspectiva estrecha, abrazamos una mentalidad competitiva y codiciosa, y vivimos con una cierta ansiedad por los recursos limitados, calculando lo que damos de acuerdo a lo que esperamos recibir a cambio. Si vemos el amor como un recurso limitado, es natural que surjan expectativas y ansiedades en torno a él, sin embargo esta ansiedad se desvanece cuando el amor y la compasión se ven como lo que son, recursos infinitos. Todas las tradiciones contemplativas enseñan que mientras más cultivamos estos estados en nosotros mismos, más abundantes y accesibles se vuelven para nosotros mismos y para los demás. También sabemos por la investigación contemporánea sobre las emociones positivas (ver por ejemplo Fredrickson, 2014*), estas cualidades son bastante contagiosas.

Si miramos un poco más de cerca, la ecuanimidad puede ser entendida como una base espaciosa y amplia que nos brinda equilibrio y estabilidad, una base sólida desde la cual podemos interactuar con el mundo de manera comprometida y sensible, pero sin el peso de la reactividad y el apego. Es posible ampliar esta base estable a través de la práctica de mindfulness, entrenando nuestra mente a prestar una atención amable y no enjuiciadora a la experiencia presente. Sin esta base de estabilidad ecuánime, el amor se transforma rápidamente en apego autocentrado, la compasión en lástima y la alegría en manía. En vez de cultivar los estados inconmensurables de la mente, estaríamos cultivado sus “enemigos cercanos”, estados que se les asemejan a los verdaderos, pero que en realidad son diametralmente diferentes.

buda

Las otras tres cualidades o “moradas” (el amor, la compasión y la alegría) pueden ser entendidas como variaciones del mismo tema o diferentes envases para el mismo núcleo de calidez y cuidado que habita en cada corazón. El amor es esta energía básica que se manifiesta como buena voluntad, aprecio, y el deseo de que los seres sean felices; la alegría empática es el modo en que esta energía responde a la felicidad, el éxito y la belleza de los otros; y la compasión es la respuesta natural de esta energía amorosa cuando se encuentra con el sufrimiento.

Tal como la ecuanimidad sirve de base espaciosa para el amor, la compasión y la alegría empática, la ecuanimidad es a su vez sostenida por la calidez del corazón,  ya que cuando esta calidez está ausente, la ecuanimidad también se transforma en su enemigo cercano: la indiferencia.

Resumiendo, la “receta” del Buda para el equilibrio emocional incluye una buena dosis de ecuanimidad (la cual mantiene el apego y la aversión bajo control), y un corazón habitado por la calidez, la apertura, la ternura y el cuidado. Es simple, pero no fácil, y es por eso que necesitamos practicar, cultivando nuestra mente como un jardinero que cultiva su huerto.

¿Qué piensas de esta receta? ¿Qué ideas tienes para cocinarla en tu vida?

Vía: Cultivarlamente