Nuestra niñez define mucho de lo que resultamos de adultos, aun cuando todos podemos sanar las heridas con las que hayamos salido de nuestros primeros años, para algunos les resulta más complicado y ellas pueden afectar el resto de sus vidas.

El abandono:

Cuando nos sentimos abandonados durante nuestra niñez, muchas veces crecemos con algún sentimiento de culpa, de que algo hicimos mal para que nuestras figuras importantes nos dejaran de pequeños. Muchas veces los adultos resultantes viven con miedo a involucrarse emocionalmente a alguien o cuidan de manera patológica su conducta durante las relaciones para no generar motivos de abandono.

La desatención:

Niños que se sienten desatendidos por sus padres, de seguro agotaron los recursos para llamar la atención y muchas veces durante su adultez, sientan el reflejo de actuar de determinada manera para hacerse sentir notados, llegando al punto de sabotear sus relaciones con actitudes que no pareciesen tener cabida en una relación sana.

El maltrato:

Maltratar a un niño puede generar diversas heridas que le afecten en su adultez de múltiples maneras. Un niño puede ser maltratado a nivel físico y/o a nivel psicológico, puede incluso ser abusado de muchas maneras y cargar con el peso de lo que vivió sobre sus hombros. Los adultos maltratadores, normalmente fueron niños maltratados.

Un niño que no fue querido o protegido en los marcos del respeto, normalmente se le dificulta aprender una forma sana de relacionarse, de expresar amor.

La comparación:

Muchas veces los niños son sometidos a múltiples y constantes comparaciones que pueden socavar su seguridad y su autoestima. Normalmente quienes reciben una herida causada por la comparación, lo hacen porque fueron llevados a menos en relación a otras personas, que pueden ser miembros de la familia, amigos, conocidos o alguna figura con la que se pueda asociar al niño para hacerle sentir inferior, inadecuado o con menos recursos.

Los adultos que mantienen la herida, normalmente son competitivos o bien no se atreven a mostrarse por miedo a la comparación y sentirse nuevamente menospreciados.

El autoritarismo:

Un niño debe tener sus figuras de autoridad claras, que les ayuden a establecer límites por su seguridad y para su mayor bien, sin embargo, la figura de autoridad no debe ser impositiva o autoritaria, debe representar una figura de respeto, más no de miedo. Normalmente los niños que viven o sobreviven en ambientes autoritarios se convierten también en adultos que abusan de su autoridad, en las relaciones, en los trabajos o sus hogares o bien se van al otro extremo, siendo personas sumisas que dicen amén a lo que cualquiera les diga, con problemas de expresión y con una autoestima que necesita repotenciarse.

Cuando somos niños tenemos un sistema emocional en formación y las entradas que recibimos se convierten en parte de nuestros pilares afectivos. Si algo nos lastimó porque efectivamente nuestros cuidadores no lo hicieron bien o porque en ese momento la entrada fue interpretada de una manera inconveniente por nosotros, debemos ser capaces de trabajar en aquello que aún nos duele para que terminemos de cicatrizar.

Evitemos repetir patrones y afectar de manera negativa nuestra vida y nuestras relaciones por lo que ocurrió en algún momento de nuestras vidas. Obviamente lo que ya pasó no lo podemos cambiar, pero sí podemos decidir qué hacer para no seguir sintiendo los efectos de lo que en algún momento nos marcó. Siempre podemos optar por un camino que nos permita vivir en bienestar y decirle adiós a cualquier cosa que nos haya hecho daño.

Si sentimos que nos tenemos los recursos en este momento para superar nuestras viejas heridas, resulta inteligente ubicar a alguien que nos guíe en un proceso de sanación, pensando en todo lo que podemos construir si nos deslastramos de lo que permitimos que nos siga doliendo.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet